Gisela Campo: El peso del alma
El espejo reflejaba una imagen distorsionada, un cuerpo ajeno que albergaba una vida llena de malestares.

Kilogramos de más, una carga que no solo pesaba sobre mis hombros, sino que oprimía mi alma, enfermando mi tiroides, mi páncreas, elevando el colesterol y los triglicéridos hasta niveles alarmantes. Intenté, una y otra vez, liberarme de esa prisión carnosa, pero cada fracaso me hundía más en un pozo de desesperación y negación. La obesidad, esa implacable lucha de por vida, se había convertido en mi silenciosa compañera.
Con el nacimiento de mis hijos, la culpa se sumó a la carga. ¿Cómo podía ser una madre presente, una guía para ellos, si yo misma estaba enferma, presa de mi propia negación? La vida seguía, como si la diabetes, la amenaza latente de complicaciones cardiacas, no fueran más que un susurro al oído. Hasta que un día, el médico pronunció una sentencia que resonó como un trueno: «Vida sana o medicación». Los números eran escalofriantes: 300 de glucosa, 400 de triglicéridos. Mi salud se desmoronaba.
Ese día, algo se quebró dentro de mí. No fue una decisión, sino una epifanía. Un despertar. El amor propio, dormido durante años, se levantó con fuerza. Mis hijos, mi madre, me necesitaban fuerte, sana. Comenzó entonces un viaje silencioso, un proceso de autodescubrimiento a través de la alimentación. Cada pequeña victoria, cada kilo perdido, era un triunfo contra la adversidad, un paso más hacia la recuperación de mi cuerpo y mi espíritu.
Treinta y tres kilos menos. No es solo un número, es la suma de días de lucha, de perseverancia, de pequeños cambios que se convirtieron en una revolución. Es la recuperación de mi salud. Adiós a la medicación para la tiroides, un metabolismo renovado, una diabetes controlada. Mi cuerpo, mi alma, se liberaron del peso que los oprimía.
Esta no es una historia de dietas milagrosas, sino de amor propio, de constancia, de la aceptación de una batalla que se libra día a día. Es una historia para quienes se sienten perdidos en la lucha contra la obesidad, para quienes creen que no pueden, para quienes se frustran ante cada obstáculo. Si yo pude, ustedes también pueden. No hay varita mágica, solo paciencia, perseverancia y la firme convicción de que la victoria es posible. Porque todos podemos lograrlo. Porque la vida, en todo su esplendor, vale la pena ser vivida con salud y alegría.
