El entrenamiento de fuerza como herramienta de salud
En un espacio donde los pesos se encuentran con sonrisas e historias de superación, el entrenador Javier Schefer trabaja todos los días para desmontar mitos tan arraigados como los propios muros que albergan su centro de entrenamiento.

Para él, el entrenamiento de fuerza ya no es —ni debió haber sido nunca— una práctica reservada para deportistas de alto rendimiento o quienes buscan solo mejorar su apariencia física. Hoy, profesionales de la salud de todo el país lo recomiendan como un componente fundamental del cuidado integral del cuerpo, y el gran reto, según Schefer, está en animar a quienes aún se resisten por miedos profundamente arraigados: la falta de experiencia previa, las preocupaciones sobre el peso, el temor a las lesiones o el miedo a que el dolor corporal que ya sufren se agrave.
“La gente viene con frases hechas que se repiten una y otra vez: ‘Nunca hice nada de esto en mi vida’, ‘Soy muy grande para empezar’, ‘Me voy a lastimar’ o ‘Ya me duele todo, si entreno va a ser peor’”, explicó Schefer. “Estos miedos no vienen tanto de los profesionales, que ya entendemos la importancia de la fuerza como herramienta de salud, sino de las propias personas, que han absorbido durante años una imagen distorsionada de lo que significa entrenar con pesos”.
Y es que la percepción popular ha asociado durante décadas el entrenamiento de fuerza con culturismo o deportes de potencia, dejando de lado su potencial como pilar del bienestar físico y mental. Según el entrenador, esta mirada reduccionista ha generado una brecha enorme entre quienes podrían beneficiarse de él y la decisión de empezar. “Cualquier persona —sin importar su patología, edad o condición física inicial— puede y debe entrenar. Claro está que cada programa tiene que ser adaptado a las necesidades específicas de cada uno, pero el principio es el mismo: la fuerza construye salud”, aseguró.
Muchos creen que la preocupación por la masa muscular es un tema que debe abordarse a partir de los 40 años, pero la realidad es que el proceso de pérdida conocida como sarcopenia comienza mucho antes. “A partir de los 25 o 30 años, nuestro cuerpo empieza a perder masa muscular de forma gradual si no tomamos medidas para contrarrestarlo”, detalló Schefer, quien se mantiene actualizado en los últimos estudios científicos sobre el tema. “Esta disminución no se nota de la noche a la mañana, pero con el paso del tiempo afecta directamente la movilidad, la fuerza y la calidad de vida”.
La sarcopenia no es solo un problema estético o funcional: sus consecuencias pueden ser graves a largo plazo. Si la pérdida muscular no se detiene ni se invierte, las personas pueden llegar a la tercera edad con dificultades para realizar actividades básicas del día a día, como caminar, subir escaleras o incluso levantarse de una cama. “La idea de que en la vejez hay que depender de alguien no es un destino inevitable. Es el resultado de años de descuido de la salud muscular”, destacó el entrenador.
“No solo es importante a partir de los 40, mucho antes hay que empezar”, insistió Schefer. “Cuando trabajamos con personas jóvenes, estamos invirtiendo en su futuro. Cuando empezamos con adultos de mediana edad, estamos frenando un proceso que ya está en marcha. Y cuando llegamos a los adultos mayores, estamos recuperando funcionalidad que creían perdida para siempre”.
